«Debe de haber existido en el mundo primitivo una clase de existencias superiores, para las que el hombre actuó como una especie de animal doméstico». La domesticación es la hipótesis que el naturalista Johann Blumenbach propuso, en el siglo XIX, para explicar que el sapiens fuera más civilizado que sus parientes cercanos y lejanos. Un siglo más tarde Arthur Clarke retomó la idea y la plasmó en El centinela, y unos años más tarde, con este relato, Stanley Kubrick fabricó 2001. Lo cierto es que, como señala el primatólogo Richard Wrangham, el sapiens es bastante peculiar: comparados con otros primates, somos muy pacíficos dentro de nuestra tribu y extraordinariamente feroces hacia los de fuera. Ese doble rasero, esa radical división entre Nosotros y Ellos, ese tribalismo es como una moneda con un anverso benéfico (nuestra asombrosa capacidad de cooperación intragrupal, que explica nuestro éxito como especie) y un reverso tenebroso: la xenofobia y la crueldad automática hacia el de fuera.
Pero para explicar nuestra faceta colaborativa no hace falta recurrir a un domador externo. Sencillamente -explica Wrangham- estamos autodomesticados. Algo parecido pasó a nuestros primos los bonobos, pero en este caso fue obra de las hembras –sí, amigos-. El caso es que no parece que la domesticación por hembras sea aplicable al sapiens –al menos no con carácter general y fuera del matrimonio-. Nuestra domesticación fue producto del control social. Dice Wrangham: «en este modelo de autodomesticación, el lenguaje fue la característica clave del Homo sapiens que permitió muchas herramientas de control social, desde el chismorreo hasta el asesinato».
¿Asesinatos? Pues sí. Parece que los cazadores-recolectores recurrían al ostracismo, la expulsión de la tribu, e incluso al asesinato, para controlar a los que transgredían las normas de la comunidad. Ocurría, por ejemplo, cuando alguien pretendía quedarse con la caza conseguida sin compartirla, cuando no colaboraba lo suficiente y se ganaba la fama de aprovechado, o cuando pretendía escalar por la jerarquía de la tribu sin que ésta le reconociera sus merecimientos. El lenguaje permitía el cotilleo, letal para la reputación del abusón. Pero ¿quién dictaba las ordenes de exclusión o muerte? La autoridad no recaía en personas concretas, sino de manera difusa en la tribu. O, como siempre, en aquellos que decían representarla: los hechiceros, los ancianos, los más metomentodo… La tribu exigía «claustrofóbica adherencia a las normas del grupo» e ignorar esto implicaba asumir un serio peligro. En estas circunstancias, recuerda Wrangham, los individuos tenían una libertad personal limitada: vivían o morían en función de su conformidad al grupo. El antropólogo social Ernest Gellner lo llama «tiranía de los primos», y no pensemos que es una cosa antigua de los cazadores-recolectores: los preparativos de un linchamiento entre los Gebusi se parecen de manera escalofriante a una cancelación woke en las redes.
En fin, que la penalización social no era cosa de broma: abandonado a su suerte, el transgresor veía cómo sus probabilidades de supervivencia descendían dramáticamente (y si lo mataban se esfumaban del todo). De este modo se produjo un proceso de autoselección: la expectativa de vida y reproducción de los elementos más antisociales se redujo, y de este modo sus genes antisociales se hicieron menos frecuentes. Las sociedades acabaron poblándose de individuos más colaborativos, y en esto consiste la autodomesticación. Dice Christopher Boehm que así nació –por la cuenta que nos tenía- la capacidad de interiorizar las normas sociales e incorporarlas a emociones. Así nacieron las emociones morales. Boehm define la conciencia como la suma de la capacidad para interiorizar emocionalmente las normas comunitarias -experimentando satisfacción cuando el comportamiento es acorde a ellas, indignación, horror y asco ante determinadas transgresiones, y vergüenza cuando una infracción propia es descubierta- y la capacidad para la empatía.
Pero si las emociones morales se desarrollaron para evitar el castigo de la tribu podemos empezar a comprender mejor muchas cosas. Para empezar, que nuestro impulso de pertenencia sea tan fuerte. Tenemos tal terror al rechazo social (incluso ahora que no nos supone quedarnos tirados en la sabana) que estamos dispuestos a allanarnos ante cualquier colectivo que consiga hacer creer que representa la voz de la comunidad. Somos cobardones ante la masa, y eso explica el rápido avance de los nacionalismos en cuanto la espiral de silencio se ha instalado en la sociedad, o la nula resistencia que han encontrado las disparatadas propuestas del woke. Pero, además, si nuestras emociones han evolucionado para evitar que nuestra tribu nos escabeche ¿qué habrán fomentado, ser bueno o que la tribu se lo crea? ¿Hemos evolucionado para ser socráticos (lo importante es ser bueno) o glauconianos (lo importante es parecerlo)? Mi perro lo tiene claro: una cosa sólo está mal si te pillan. Y Jonathan Rauch aporta un argumento de peso: «quizás Sócrates prefería tener razón a ser popular, pero lo que la mayoría de nosotros preferimos es mantener una buena reputación en nuestra tribu, una decisión razonable si se considera que Sócrates fue ejecutado por sus conciudadanos». Esto no quiere decir que debamos renunciar a formular una ética socrática (o de quien sea), pero conviene entender la precariedad de nuestros mimbres morales.
En fin, todo esto explica la tendencia del sapiens a sustituir la virtud por la exhibición ruidosa de una falsa virtud. Es lo que se conoce como «virtue signalling» en inglés y «postureo moral» en español (lo veremos con más detalle cuando hablemos de Geoffrey Miller). Es innegable la afición del humano a enarbolar las banderas morales más prestigiosas que pueda encontrar, que antes eran religiosas y hoy son ideológicas. Los políticos dedican hoy todos sus esfuerzos a encontrar esas banderas, y cuando lo consiguen pueden reducir su acción política a denigrar a sus adversarios como pecadores, herejes o negacionistas. Desconfíen de los nuevos profetas políticos, porque están francamente alejados de la virtud y siembran la discordia por donde pasan.
Pero hay más: la necesidad de aceptación no sólo ha determinado nuestra estructura moral sino también la cognitiva. La supervivencia de nuestros antepasados no dependía tanto de encontrar la verdad abstracta como de evitar ser expulsado de la tribu concreta, y por eso tenemos sesgos cognitivos de conformidad con el grupo. Y por eso cuando se discuten asuntos que afectan a la identidad de la tribu no hay campo para la razón, sino para racionalizaciones defensivas: «Véanlo de esta manera: los humanos estamos evolutivamente equipados con los circuitos mentales más sofisticados que nos protegen contra cambiar de opinión cuando hacerlo podría alejarnos de nuestro grupo. Tenemos cientos de miles de años de práctica en creer cualquier cosa siempre que nos mantenga en buen lugar ante nuestra tribu, incluso si eso requiere negar, descartar, racionalizar, percibir mal, e ignorar la evidencia delante de nuestras narices».
Todo esto les ayudará a comprender la imposibilidad de convencer a su cuñado en las cenas navideñas, y de este modo los Jueves Morales habrán contribuido a prestar un servicio público. Pasen un buen día.